Archivo del sitio

El Mundo de los Ricos

Surgió hace más de cien años, en una época en que la reina del Plata necesitaba un lugar para exportar sus materias primas e importar los materiales que provenían del exterior.

El ingeniero Eduardo Madero fue el mentor de este gran proyecto, que tardaría diez años en construirse, lo mismo que tardó en remodelarse un siglo más tarde. Cuenta la historia que se invirtieron treinta y cinco millones de pesos oro en la construcción de los cuatro diques y los dieciséis docks. A pesar de esta gran infraestructura, con el paso de los años, este lugar se fue quedando chico, y su inutilidad se fue reflejando en la soledad, imagen opuesta a la de principios del siglo XX (llena de inmigrantes con miles de sueños). Una soledad representada por los vacíos docks, que servían de palacios para los vagabundos; las abandonadas grúas, que de noche causaban temor; y los extensos espacios verdes, que en un pasado prometieron habitarse. Esta postal se conservó hasta fines de 1989, año en que comenzaron las obras de remodelación. Y ahora sí, ya nunca más sería el hábitat de las clases trabajadoras, de inmigrantes, ni mucho menos de vagabundos, sería el paraíso de los ricos.

Con su centenar de años de vida y sus pieles, todavía, de color ladrillo se encuentran los dieciséis galpones, pero hoy ya rejuvenecidos, como si les hubieran hecho un “lifting”, hacen embellecer este nuevo barrio (aunque se parece más bien a una ciudad dentro de otra ciudad). Barrio privilegiado, que comienza cuando el centro porteño termina. Barrio que cuenta con oficinas de empresas; múltiples restaurantes con garage propio; gimnasios y piletas de natación en los subsuelos; pubs donde la gente joven tira plata; un club náutico para guardar la lanchita de cada uno; un hotel para turistas; una facultad católica para “los nenes de papá”; y por supuesto, un cine y un local de hamburguesas, ambos con estilo yanqui. Un barrio como el suyo o el mío, ¿no? Y este barrio propone extenderse. Hacia la costanera sur hay muchas más construcciones edilicias. Por un lado es bueno, generan empleo en una industria estancada como la de la construcción, pero por otro, ¿es tan numerosa la clase dominante como para ocupar todas las viviendas de esta área? Todo lo que he descripto hasta aquí no es más que un decorado de un gran teatro, el teatro de los ricos.

Los ricos no son los únicos actores en este escenario, obviamente son los protagonistas, pero también hay actores secundarios. Pasaré, a continuación, a detallar cada uno de ellos, y dejaré a los “más importantes” para el final –como debe ser- de este humilde artículo.

Decidí clasificarlos en ocho rubros. Turistas: prevalecen en las vacaciones y en los fines de semana. Tienen el papel principal después de los ricos, y son los que más se parecen a ellos. Pueden disfrutar de casi todos los decorados. Vienen de diversos países, aunque nunca sabré si vienen porque nuestro país es muy lindo o porque es más lindo el tipo de cambio que rige actualmente. Ejecutivos: son los que trabajan en las empresas ubicadas en la zona. Por supuesto no son todos ejecutivos, hay también empleados administrativos, secretarios, pero todos llevan una vida muy parecida. Trabajan ocho horas, almuerzan todos juntos en los restaurantes (aunque piden el menú más barato), y visten muy bien. Universitarios: “los nenes de papá” llegan a la UCA con sus modernos autos –no soy muy caros pero casi todos tienen uno- y realizan sus reuniones de trabajos prácticos en los pubs cercanos. Por suerte, no todos tienen el alma codiciosa como los ricos, hay algunos que saben que en ese lugar pueden aumentar sus conocimientos, y no su frivolidad con respecto al mundo. Trabajadores: son los que están a cargo de los restaurantes, pubs y drugstores; también se encuentran en este rubro los mozos que reciben propinas. Puede ser que ganen un poco más de dinero que en otra parte de la ciudad. FF.AA.: marineros, cabos y suboficiales de la Prefectura Naval, que pasan todo el día cuidando a los demás actores. Son los que más conocen esta obra teatral, ya que observan todo y a todo momento. Adolescentes: grupos de amigos que disfrutan del paisaje, toman sol, sacan fotos, y tratan de gastar lo menos posible en este teatro tan caro. Cartoneros: son los que vemos día tras día en las calles, pero aquí parecen una mancha ensuciando un cuadro. ¿Será que mi vista se volvió soberbia, después de ver tanto lujo y poder, que recién me expresé así? La verdad no sé. Lo que sé es que los cartoneros sólo intentan trabajar como en cualquier otro lugar. Y por último los mendigos: cuando los vi me puse mal enseguida, por el simple hecho de que son todos niños. Están los que piden monedas y los que cargan con su acordeón para tocar alguna melodía a cambio de un billete, un billete en el mundo de los ricos.

¿Cuál podría ser la conclusión? ¿Que los ricos son tan frívolos que cuando una nena les pide una moneda le contestan “no me toques”? ¿Que ellos son malos y nosotros buenos? ¿Que este mundo sólo les pertenece a ellos, y los demás sólo podemos mirar y decir “qué lindo, qué bueno que remodelaron el puerto”? No sé, tampoco quiero extenderme mucho, por eso, los invito no a mirar la obra de teatro sino a observarla, no a oír a los actores sino a escucharlos, no a oler los aromas del teatro sino a respirarlos, para que puedan conocer ya no este puerto, paraíso, teatro, barrio, ni ciudad, sino este mundo, el mundo de los ricos.

Anuncios