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El Mundo de los Ricos

Surgió hace más de cien años, en una época en que la reina del Plata necesitaba un lugar para exportar sus materias primas e importar los materiales que provenían del exterior.

El ingeniero Eduardo Madero fue el mentor de este gran proyecto, que tardaría diez años en construirse, lo mismo que tardó en remodelarse un siglo más tarde. Cuenta la historia que se invirtieron treinta y cinco millones de pesos oro en la construcción de los cuatro diques y los dieciséis docks. A pesar de esta gran infraestructura, con el paso de los años, este lugar se fue quedando chico, y su inutilidad se fue reflejando en la soledad, imagen opuesta a la de principios del siglo XX (llena de inmigrantes con miles de sueños). Una soledad representada por los vacíos docks, que servían de palacios para los vagabundos; las abandonadas grúas, que de noche causaban temor; y los extensos espacios verdes, que en un pasado prometieron habitarse. Esta postal se conservó hasta fines de 1989, año en que comenzaron las obras de remodelación. Y ahora sí, ya nunca más sería el hábitat de las clases trabajadoras, de inmigrantes, ni mucho menos de vagabundos, sería el paraíso de los ricos.

Con su centenar de años de vida y sus pieles, todavía, de color ladrillo se encuentran los dieciséis galpones, pero hoy ya rejuvenecidos, como si les hubieran hecho un “lifting”, hacen embellecer este nuevo barrio (aunque se parece más bien a una ciudad dentro de otra ciudad). Barrio privilegiado, que comienza cuando el centro porteño termina. Barrio que cuenta con oficinas de empresas; múltiples restaurantes con garage propio; gimnasios y piletas de natación en los subsuelos; pubs donde la gente joven tira plata; un club náutico para guardar la lanchita de cada uno; un hotel para turistas; una facultad católica para “los nenes de papá”; y por supuesto, un cine y un local de hamburguesas, ambos con estilo yanqui. Un barrio como el suyo o el mío, ¿no? Y este barrio propone extenderse. Hacia la costanera sur hay muchas más construcciones edilicias. Por un lado es bueno, generan empleo en una industria estancada como la de la construcción, pero por otro, ¿es tan numerosa la clase dominante como para ocupar todas las viviendas de esta área? Todo lo que he descripto hasta aquí no es más que un decorado de un gran teatro, el teatro de los ricos.

Los ricos no son los únicos actores en este escenario, obviamente son los protagonistas, pero también hay actores secundarios. Pasaré, a continuación, a detallar cada uno de ellos, y dejaré a los “más importantes” para el final –como debe ser- de este humilde artículo.

Decidí clasificarlos en ocho rubros. Turistas: prevalecen en las vacaciones y en los fines de semana. Tienen el papel principal después de los ricos, y son los que más se parecen a ellos. Pueden disfrutar de casi todos los decorados. Vienen de diversos países, aunque nunca sabré si vienen porque nuestro país es muy lindo o porque es más lindo el tipo de cambio que rige actualmente. Ejecutivos: son los que trabajan en las empresas ubicadas en la zona. Por supuesto no son todos ejecutivos, hay también empleados administrativos, secretarios, pero todos llevan una vida muy parecida. Trabajan ocho horas, almuerzan todos juntos en los restaurantes (aunque piden el menú más barato), y visten muy bien. Universitarios: “los nenes de papá” llegan a la UCA con sus modernos autos –no soy muy caros pero casi todos tienen uno- y realizan sus reuniones de trabajos prácticos en los pubs cercanos. Por suerte, no todos tienen el alma codiciosa como los ricos, hay algunos que saben que en ese lugar pueden aumentar sus conocimientos, y no su frivolidad con respecto al mundo. Trabajadores: son los que están a cargo de los restaurantes, pubs y drugstores; también se encuentran en este rubro los mozos que reciben propinas. Puede ser que ganen un poco más de dinero que en otra parte de la ciudad. FF.AA.: marineros, cabos y suboficiales de la Prefectura Naval, que pasan todo el día cuidando a los demás actores. Son los que más conocen esta obra teatral, ya que observan todo y a todo momento. Adolescentes: grupos de amigos que disfrutan del paisaje, toman sol, sacan fotos, y tratan de gastar lo menos posible en este teatro tan caro. Cartoneros: son los que vemos día tras día en las calles, pero aquí parecen una mancha ensuciando un cuadro. ¿Será que mi vista se volvió soberbia, después de ver tanto lujo y poder, que recién me expresé así? La verdad no sé. Lo que sé es que los cartoneros sólo intentan trabajar como en cualquier otro lugar. Y por último los mendigos: cuando los vi me puse mal enseguida, por el simple hecho de que son todos niños. Están los que piden monedas y los que cargan con su acordeón para tocar alguna melodía a cambio de un billete, un billete en el mundo de los ricos.

¿Cuál podría ser la conclusión? ¿Que los ricos son tan frívolos que cuando una nena les pide una moneda le contestan “no me toques”? ¿Que ellos son malos y nosotros buenos? ¿Que este mundo sólo les pertenece a ellos, y los demás sólo podemos mirar y decir “qué lindo, qué bueno que remodelaron el puerto”? No sé, tampoco quiero extenderme mucho, por eso, los invito no a mirar la obra de teatro sino a observarla, no a oír a los actores sino a escucharlos, no a oler los aromas del teatro sino a respirarlos, para que puedan conocer ya no este puerto, paraíso, teatro, barrio, ni ciudad, sino este mundo, el mundo de los ricos.

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Esquivando la inseguridad

 

Entrada al boliche Magico boliviano, en el barrio de Liniers

Entrada al boliche Magico boliviano, en el barrio de Liniers

El Chevrolet Corsa de Roberto llegó en el momento más esperado, cuando el clima a la salida de Mágico Boliviano se ponía tenso, debido a las corridas por Avenida Rivadavia  de pibes borrachos tratando de pegarle a un muchacho no menos ebrio que ellos, con gritos de amigas o novias como telón de fondo.

Frenó el auto con techo amarillo, y recordé todas las veces que un taxi me salvó de momentos complicados en la noche porteña, ya sea porque había tomado de más y no tenía fuerzas para volver a mi casa o porque la inseguridad de la zona no requería que esperase un colectivo. Después del “escape” vinieron los comentarios de siempre sobre el tipo de juventud que hay en la ciudad.

“Vienen a buscar quilombo, se emborrachan y salen a pegarse”, comentó el chofer que de lunes a sábados trabaja la zona desde Caballito hasta Liniers. Aseguró que si pudiese trataría de no trabajar los sábados a la noche, pero que él era un simple peón y requería de la plata para mantener a su familia. Roberto es un hombre de contextura grande, de unos cuarenta años de edad. El que quisiera meterse con él debería pensarlo dos veces. Pero de los asaltos nadie está exento. Antes de bajarme del auto le pregunté si tenía miedo de no volver una noche a su casa, y me confesó que al principio sí, pero que ahora ya no.

El taxi salvador se fue y me dejó debajo de la autopista General Paz, sobre Rivadavia. Esa zona ya la conocía, y los prejuicios que generan miedos e incertidumbre desaparecieron. En el kiosco de diarios estaba como siempre Jorge, acomodando unos dvd´s con señoritas de poca ropa en su portada. El tesoro más preciado para aquellos solitarios que no encuentran otra compañía más que la suya.

“Ya me acostumbré a trabajar de noche, a observar cosas no muy lindas”, inicia el relato el vendedor de diarios, que más allá de su cercanía a un destacamento de la Policía Federal ha sufrido momentos violentos. Según él, la violencia se da por la droga o por el alcohol que “arruina a los flacos, y no tienen dimensión de las cosas que hacen”. Asegura también que si no fuera por la policía él no trabajaría ahí. Los kioscos de diarios manejan mucha plata y son una tentación para cualquier amigo de lo ajeno, sobre todo en un barrio donde la exclusión y marginalización está a la vuelta de la esquina.

Cruzando el puente de la autopista General Paz hay varias paradas de colectivos que se dirigen a la zona oeste del Gran Buenos Aires. Allí, mientras esperaba la línea 96, pude robarle unas palabras a Alicia. Se iba a la casa de su hija a cuidar desde temprano a su nieta. Me dijo que había momentos del trayecto que tenía miedo, “sobre todo ahora que está de moda robar en los colectivos, nunca sabes quién sube”.

Alicia como Roberto apuestan a llegar sanos a casa, esquivando la inseguridad que desde hace varios años se instaló en nuestra sociedad. Resignados, como cuenta Jorge: “Ya se te hace natural ver gente borracha y violenta a la madrugada”.

Puto el que lee esto

Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.
Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “Puto el que lee esto”, y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…” Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.
Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.
No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf… el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar. “Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos.” Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.
El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. “Puto el que lee esto.” Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.
“Es un golpe bajo”, dirá algún crítico amanerado, de esos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos en Le Monde Diplomatique. ¡Sí, señor -les contesto-, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas. Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir: “Me voy con rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribía, no los molesto más con mi producción”, no. Ahí están los libros de Molière, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos.
Sabios eran los faraones que se enterraban con todo lo que tenían: sus perros, sus esposas, sus caballos, sus joyas, sus armas, sus pergaminos llenos de dibujos pelotudos, todo. Igual ejemplo deberían seguir los escritores cuando emprenden el camino hacia las dos dimensiones, a mirar los rabanitos desde abajo, otra buena frase por cierto. “Me voy, me muero, cagué la fruta -podría ser el postrer anhelo-. Que entierren conmigo mis escritos, mis apuntes, mis poemas, que total yo no estaré allí cuando alguien los recite en voz alta al final de una cena en los boliches.” Que los quemen, qué tanto. Es lo que voy a hacer yo, téngalo por seguro, señor lector. Millones de libros, entonces, de escritores importantes y sesudos, de mediocres, tontos y banales, de señoras al pedo que decidían escribir sus consejos para cocinar, para hacer punto cruz, para enseñar cómo forrar una lata de bizcochos. Pelotudos mayores que dedicaron toda su vida, toda, al estudio exhaustivo de la vida de los caracoles, de los mamboretás, de los canguros, de los caballos enanos. Pensadores que creyeron que no podían abandonar este mundo sin dejar a las generaciones futuras su mensaje de luz y de esclarecimiento. Mecánicos dentales que supusieron urgente plasmar en un libro el porqué de la vital adhesividad de la pasta para las encías, señoras evolucionadas que pensaron que los niños no podrían llegar a desarrollarse sin leer cómo el gnomo Prilimplín vive en una estrella que cuelga de un sicomoro, historiadores que entienden imprescindible comunicar al mundo que el duque de La Rochefoucauld se hacía lavativas estomacales con agua alcanforada tres veces por día para aflojar el vientre, biólogos que se adentran tenazmente en la insondable vida del gusano de seda peruano, que cuando te descuidás te la agarra con la mano.
Allí, a ese mar de palabras, adjetivos, verbos y ditirambos, señores, hay que lanzar el nuevo libro, el nuevo relato, la nueva novela que hemos escrito desde los redaños mismos de nuestros riñones. Allí, a ese interminable mar de volúmenes flacos y gordos, altos y bajos, duros y blandos, hay que arrojar el propio, esperando que sobreviva. Un naufragio de millones y millones de víctimas, manoteando desesperadamente en el oleaje, tratando de atraer la atención del lector desaprensivo, bobo, tarado, que gira en torno a una mesa de saldos o novedades con paso tardío, distraído, pasando apenas la yema de sus dedos innobles sobre la cubierta de los libros, cautivado aquí y allá por una tapa más luminosa, un título más acertado, una faja más prometedora. Finge. El lector finge. Finge erudición y, quizás, interés. Está atento, si es hombre, a la minita que en la mesa vecina hojea frívolamente el último best-seller, a la señora todavía pulposa que parece abismarse en una novedad de autoayuda. Si es mujer, a la faja con el comentario elogioso del gurú de turno. Si es niño, a la musiquita maricona que despide el libro apenas lo abre con sus deditos de enano.
Y el libro está solo, feroz y despiadadamente solo entre los tres millones de libros que compiten con él para venderse. Sabe, con la sabiduría que le da la palabra escrita, que su tiempo es muy corto. Una semana, tal vez. Dos, con suerte. Después, si su reclamo no fue atractivo, si su oferta no resultó seductora, saldrá de la mesa exclusiva de las novedades VIP diríamos, para aterrizar en algún exhibidor alternativo, luego en algún estante olvidado, después en una mesa de saldos y por último, en el húmedo y oscuro depósito de la librería, nicho final para el intento fracasado. Ya vienen otros -le advierten-, vendete bien que ya vienen otros a reemplazarte, a sacarte del lugar, a empujarte hacia el filo de la mesa para que te caigas y te hagas mierda contra el piso alfombrado.
No desaparecerá tu libro, sin embargo, no, tenelo por seguro. Sea como fuere, es un símbolo de la cultura, un icono de la erudición, vale por mil alpargatas, tiene mayor peso específico que una empanada, una corbata o una licuadora. Irá, eso sí, con otros millones, al depósito oscuro y maloliente de la librería. No te extrañe incluso que vuelva un día, como el hijo pródigo, a la misma editorial donde lo hicieron. Y quede allí, al igual que esos residuos radioactivos que deben pasar una eternidad bajo tierra, encerrados en cilindros de baquelita, teflón y plastilina para que no contaminen el ambiente, hasta que puedan convertirse en abono para las macetas de las casas solariegas.
De última, reaparecerá de nuevo, Lázaro impreso, en la mano de algún boliviano indocumentado, junto a otros dos libros y una birome, como oferta por única vez y en carácter de exclusividad, a bordo de un ómnibus de línea o un tren suburbano, todo por el irrisorio precio de un peso. Entonces, caballeros, no esperen de mí una lucha limpia. No la esperen. Les voy a pegar abajo, mis amigos, debajo del cinturón, justo a los huevos, les voy a meter los dedos en los ojos y les voy a rozar con mi cabeza la herida abierta de la ceja.
“Puto el que lee esto.”
John Irving es una mentira, pero al menos no juega a ser repugnante como Bukowski ni atildadamente pederasta como James Baldwin. Y dice algo interesante uno de sus personajes por ahí, creo que en El mundo según Garp: “Por una sola cosa un lector continúa leyendo. Porque quiere saber cómo termina la historia”. Buena, John, me gusta eso. Te están contando algo, querido lector, de eso se trata. Tu amigo Chiquito te está contando, por ejemplo en el club, cómo al imbécil de Ernesto le rompieron el culo a patadas cuando se puso pesado con la mujer de Rodríguez. Vos te tenés que ir, porque tenés que trabajar, porque dejaste la comida en el horno, o el auto mal estacionado, o porque tu propia mujer te va a armar un quilombo de órdago si de nuevo llegás tarde como la vez pasada. Pero te quedás, carajo. Te quedás porque si hay algo que tiene de bueno el sorete de Chiquito es que cuenta bien, cuenta como los dioses y ahora te está explicando cómo el boludo de Ernesto le rozaba las tetas a la mujer de Rodríguez cada vez que se inclinaba a servirle vino y él pensaba que Rodríguez no lo veía. No te podés ir a tu casa antes de que Chiquito termine con su relato, entendelo. Mirás el reloj como buen dominado que sos, le pedís a Chiquito que la haga corta, calculás que ya te habrá llevado el auto la grúa, que ya se te habrá carbonizado la comida en el horno, pero te quedás ahí porque querés eso que el maricón de John Irving decía con tanta gracia: querés saber cómo termina la historia, querido, eso querés.
Entonces yo, que soy un literato, que he leído a más de un clásico, que he publicado más de tres libros, que escribo desde el fondo mismo de las pelotas, que me desgarro en cada narración, que estudio concienzudamente cómo se describe y cómo se lee, que me he quemado las pestañas releyendo a Ezra Pound, que puedo puntuar de memoria y con los ojos cerrados y en la oscuridad más pura un texto de setenta y ocho mil caracteres, que puedo dictaminar sin vacilación alguna cuándo me enfrento con un sujeto o con un predicado, yo, señores, premio Cinta de Plata 1989 al relato costumbrista, pese a todo, debo compartir cartel francés con cualquier boludo. Mi libro tendrá, como cualquier hijo de vecino, que zambullirse en las mesas de novedades junto a otros millones y millones de pares, junto al tratado ilustrado de cómo cultivar la calabaza y al horóscopo coreano de Sabrina Pérez, junto a las cien advertencias gastronómicas indispensables de Titina della Poronga y las memorias del actor iletrado que no puede hacer la O ni con el culo de un vaso, pero que se las contó a un periodista que le hace las veces de ghost writer. Y no estaré allí yo para ayudarlo, para decirle al lector pelotudo que recorre con su vista las cubiertas con un gesto de desdén obtuso en su carita: “Éste es el libro. Éste es el libro que debe comprar usted para que cambie su vida, caballero, para que se le abra el intelecto como una sandía, para que se ilustre, para que mejore su aliento de origen bucal, estimule su apetito sexual y se encame esta misma noche con esa potra soñada que nunca le ha dado bola”.
Y allí estará la frase, la que vale, la que pega. El derechazo letal del Negro Monzón en el entrecejo mismo del tano petulante, el trompadón insigne que sacude la cabeza hacia atrás y hacia adelante como perrito de taxi y un montón de gotitas de sudor, de agua y desinfectante que se desprenden del bocho de ese gringo que se cae como si lo hubiese reventado un rayo. “Puto el que lee esto.” Aunque después el relato sea un cuentito de burros maricones como el de Platero y yo, con el Angelus que impregna todo de un color malva plañidero. Aunque la novela después sea la historia de un seminarista que vuelve del convento. Aunque el volumen sea después un recetario de cocina que incluya alimentos macrobióticos.
No esperen, de mí, ética alguna. Sólo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar. Porque digo que es puto el que lee esto y lo sostengo. Y paso a contarles por qué lo afirmo, por qué tengo autoridad para decirlo y por qué conozco tanto sobre su intimidad, amigo lector, mucho más de lo que usted nunca hubiese temido imaginar. Sí, a usted le digo. Al que sostiene este libro ahora y aquí, el que está temiendo, en suma, aparecer en el renglón siguiente con nombre y apellido. Nombre y apellido. Con todas las letras y hasta con el apodo. A usted le digo.

Por Roberto Fontanarrosa

Comenzó la inscripción a la Policía porteña

“Éste es el escudo de la nueva policía. Ahora necesitamos un pecho que pueda lucirlo con orgullo”, es el slogan elegido para presentar hoy la insignia de la Policía Metropolitana y comenzar el reclutamiento de los agentes a través de la página de Internet del Gobierno de la Ciudad.

Los aspirantes a participar de la nueva fuerza deberán completar el formulario ubicado en www.buenosaires.gov.ar previo cumplimiento de los siguientes requisitos: ser argentino, tener entre 18 y 30 años, y poseer el secundario completo. Los hombres y mujeres provenientes de otras fuerzas recibirán una formación abreviada; 190 conformarán los mandos medios de la fuerza y otros 70 serán instructores de los cadetes. Los incentivos para la postulación consisten en un sueldo mínimo de tres mil pesos, posibilidades de capacitación, equipamiento de última generación, cobertura médica “de excelencia” y acceso a créditos para la vivienda del Banco Ciudad.

Uno de estos incentivos caló fuerte en la mente y corazón de Roberto Gariboti, de 35 años, y ex miembro de la Policía Federal. Aseguró que “es tentador el salario ofrecido y las buenas condiciones de trabajo”, y se esperanza que “con un buen filtro el proyecto puede salir bien”.
No es así como lo piensa Joaquín Bermejo, suboficial del Cuerpo de Tránsito de la Policía Federal, que desconfía de los resultados a largo plazo que pueda tener el nuevo cuerpo. “Si dentro de dos años cambia el gobierno uno pierde el trabajo y la trayectoria en la Federal”.
 Más allá de la credibilidad de las promesas de Mauricio Macri, cada interesado deberá lidiar con el acceso al formulario en la página web que presentaba esta tarde serios problemas
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El Palito Ortega Montonero

Volvió Capusotto. Y con él, el que probablemente sea su personaje más entrañable: Bombita Rodríguez. Bombita Rodríguez, el Palito Ortega montonero, hace reír, y mucho, en cada una de sus presentaciones. ¿Por qué nos hace reír Bombita? Es una pregunta que comencé a hacerme desde que lo vi por primera vez, cantando “Burgueses, atrás, atrás” y “Armas para el pueblo, armas para el pueblo ya”. ¿Por qué Bombita hace reír? Bombita habla de la clase obrera, habla de la liberación nacional, habla de los explotadores y los explotados, habla de los burgueses y los proletarios, habla de la cultura popular, de la educación de las masas, del socialismo. Evidentemente esto nos hace reír. ¿Por qué? ¿Por qué en la década del ’70 estas cosas no hacían reír? No sólo no hacían reír. Hubo gente que tomó tan en serio todo esto, que llegó a vivir sólo para estas ideas, llegó a soportar torturas, llegó hasta a dar la vida (su propia vida… la única que tenían) ¿Cómo pasó? ¿Por qué en la década del ’70 se decía clase obrera, proletarios y burgueses, explotadores y explotados, liberación nacional, socialismo, y nadie se reía?

¿Puede ser que la respuesta esté en los significados? ¿Qué significa hoy para nosotros la clase obrera, el socialismo, los explotadores? Para ellos significaba algo manifiesto: era época de certezas, de buenos y malos, de relaciones sociales evidentes y cristalinas. De un lado de la sociedad, los explotadores; del otro, los explotados. De un lado de la sociedad el mal burgués; del otro, el pobre proletario. De un lado del mundo el imperio; del otro, el país subordinado. La verdad se imponía. Eran los tiempos de la explotación del hombre por el hombre. Eran los tiempos en que la posibilidad de transformar la sociedad estaba al alcance de la mano. Sólo había que reunirse y hacerlo ¿Cuándo se perdió la certeza? ¿Quién terminó con las certidumbres? Contestar “el posmodernismo” es patear la pelota afuera. El posmodernismo no es un hecho social que se impone. El posmodernismo somos nosotros mismos cuando pensamos que las certidumbres han sido socavadas, cuando creemos que las relaciones sociales se han vuelto opacas, cuando consideramos que la sociedad es incomprensible (e intransformable). El posmodernismo es un espíritu de época, una aciaga derrota, una resignación cobarde. No una verdad que se impone. La verdad está ahí afuera. Y sigue siendo evidente. Explotadores y explotados, proletarios, imperio, educación, socialismo. ¿Meras fórmulas vacías? Transformación de la sociedad. ¿Ridiculez anacrónica? La diferencia entre los ’70 y el presente no está en lo que las palabras significan. La diferencia está en nuestra relación con los significados. Las palabras ya no denotan, para nosotros, una verdad objetiva. ¿Es mala la duda? Por supuesto que no. Lo malo es dudar de todo. Esta es una época en que nadie puede tener verdades. Ni siquiera las obvias. Nuestra época fomenta la ambigüedad, el equívoco, las complejidades y matices. La verdad no se dice. Esto puede verse en los medios. Hoy, la única manera de transmitir ideología (o mejor diría, ideales) es ocultándola. Cualquiera que grite a los cuatro vientos lo que piensa sólo provocará sonrisas. CNN o Canal 11 son buenos, serios, mesurados: su ideología está oculta. La radio de las Madres de Plaza de Mayo o Telesur son malos, ridículos, exagerados: su ideología se grita. Estos últimos no saben que las verdades ahora son muchas, y cada cual elige la que quiere. No saben que hoy cualquier verdad es buena.

¿Pero por qué Bombita hace reír? Una vez dijo Alejandro Dolina que el humor era poner una cosa en un lugar que no le corresponde. Esta definición hace que todo anacronismo sea potencialmente gracioso. Bombita es certero: sabe que hay explotadores y explotados, sabe que si se quiere luchar por el socialismo hay que decirlo, sabe que para transformar una sociedad es necesaria la educación popular, sabe que existe una lucha por la liberación de los oprimidos. Bombita lo dice, sin medias tintas, como quien dice una verdad evidente. Como quien dice “salió el sol”, Bombita dice “la clase obrera tiene que luchar por el socialismo”. En su contexto, los ’70, Bombita se convierte en un personaje famoso, querido, estimado. En nuestra época, plagada de cinismo e hipocresía, en nuestra época de verdades a medias, de ambigüedades, de dudas, la verborragia certera y contundente de Bombita mueve a risa. Es anacrónica. Fuera de época. Para Bombita las relaciones sociales son evidentes. Nosotros preferimos ignorarlas. Canciones con ideología, verdades irrefutables… Esperanza. Bombita nos hace reír. Y mucho. Lamentablemente.

 

“Que la historia me juzgue”

  Luego dos votaciones que terminaron en empate, el presidente del Senado, Julio Cobos votó en contra del dictámen de mayoría que ratificaba la resolución 125 sobre retenciones móviles. En un día histórico, el vice presidente de Cristina Kirchner pidió que la historia lo juzgara por no poder acompañar a su compañera.

  Después de varias semanas de discusión y presión en el Parlamento, a las 4.26 se puso fin a todas las especulaciones: que los oficialistas ganaban caminando, que el kirchnerismo compraría los votos de los demás senadores y diputados, e incluso que Cobos ya había formulado su posible voto.  Lo que se destaca es la función institucional del Congreso, al cual la resolución 125 arribó gracias a la tolerancia de la presidenta.

  En democracia no hay perdedores. Así como el martes pasado Néstor Kirchner anunció que aceptarían cualquiera sea el resultado en la Cámara alta, los militantes k deberían tolerar la expresión de un Parlamento que ellos también votaron.

  No se puede dejar de mencionar que el conflicto con el campo estuvo teñido por intereses golpistas o al menos desestabilizadores. No se debe olvidar el tratamiento de la información que hicieron los grandes medios de comunicación y el titular que regía en Clarín.com apenas el presidente del Senado terminaba de dar su voto: “Crisis en el Gobierno”.

  Dieciseis horas de debate y polémica en un Estado democrático permiten que en vez de crisis se forjen mecanismos de unión y de expresión popular, siempre y cuando no se intenten golpes institucionales de sectores opositores al Gobierno.