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Duendes de la noche

Son seres de la oscuridad. Aparecen con la primera estrella de la noche. Muchas cosas de la ciudad, al otro día, desaparecen por culpa de ellos.
Son seres veloces. Corren para llegar lo más rápido a sus casas. Muchas veces, por hacerlo rápido, ocasionan ruidos que despiertan a más de uno.
Son seres especiales. Llevan una vida totalmente distinta a la nuestra. Muchas veces esa vida los pone de malhumor.
Es un trabajo muy difícil el que realizan. A más de uno nos costaría hacerlo. Y si nadie lo hiciera la ciudad sería un caos.
Es un trabajo nocturno. A más de uno le cambia la vida. Y tal vez, por eso, durante la mañana los vuelve insociables.
Es un trabajo insalubre. A más de uno le costó la vida. Y quizá, por culpa de un imprudente que no piensa en ellos.
Así es la vida de un duende de la noche. Trataré de contarles, brevemente, sus secretos, sus travesuras, y mi experiencia con ellos.
La tarde que los conocí hacía bastante frío. Durante ese día, atrás ya había quedado el taller de expresión, y mi único objetivo posterior era conocerlos.
Los duendes de la noche comienzan a trabajar a las 20 en punto. No importa el frío, la lluvia, ni el viento. Desde su cueva, en Palermo, salen a cambiar el aspecto urbano. Por lo general, uno de ellos maneja la nave y otros dos hacen “el trabajo sucio”.
Cuanto más rápido hagan su recorrido, más temprano pueden volver a sus casas. Casas que los esperan con una familia ya dormida. Una familia que vive a trasmano de ellos. Pocas son las veces que pueden disfrutar de sus hijos, y si lo hacen, a la noche no trabajan bien por la falta de sueño.
Los duendes de la noche, además deben tener cuidado con las bolsas que se llevan. Pueden estar abiertas, desparramadas por los cartoneros, o lo peor, con algún objeto cortante en su interior. También deben cuidarse, durante su recorrido, de no caer lastimados desde su nave al duro asfalto, o que la máquina que compacta las bolsas no haga lo mismo con alguno de ellos. El sueldo, según los duendes, es bastante bueno. Aunque habría que ver si cada uno de nosotros se transformaría en duende por esa cifra.
Los duendes de la noche trabajan seis noches a la semana. Cada tarde, mientras esperan para salir de su cueva, se arman grandes partidas de truco, o se comentan las anécdotas que vivieron en la semana.
Es así como estos seres se presentan a la sociedad, camuflados según el color de la empresa. Así se presentan a una sociedad que se percata muy poco de ellos, que si los conoce, los conoce como duendes de la noche.
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El Mundo de los Ricos

Surgió hace más de cien años, en una época en que la reina del Plata necesitaba un lugar para exportar sus materias primas e importar los materiales que provenían del exterior.

El ingeniero Eduardo Madero fue el mentor de este gran proyecto, que tardaría diez años en construirse, lo mismo que tardó en remodelarse un siglo más tarde. Cuenta la historia que se invirtieron treinta y cinco millones de pesos oro en la construcción de los cuatro diques y los dieciséis docks. A pesar de esta gran infraestructura, con el paso de los años, este lugar se fue quedando chico, y su inutilidad se fue reflejando en la soledad, imagen opuesta a la de principios del siglo XX (llena de inmigrantes con miles de sueños). Una soledad representada por los vacíos docks, que servían de palacios para los vagabundos; las abandonadas grúas, que de noche causaban temor; y los extensos espacios verdes, que en un pasado prometieron habitarse. Esta postal se conservó hasta fines de 1989, año en que comenzaron las obras de remodelación. Y ahora sí, ya nunca más sería el hábitat de las clases trabajadoras, de inmigrantes, ni mucho menos de vagabundos, sería el paraíso de los ricos.

Con su centenar de años de vida y sus pieles, todavía, de color ladrillo se encuentran los dieciséis galpones, pero hoy ya rejuvenecidos, como si les hubieran hecho un “lifting”, hacen embellecer este nuevo barrio (aunque se parece más bien a una ciudad dentro de otra ciudad). Barrio privilegiado, que comienza cuando el centro porteño termina. Barrio que cuenta con oficinas de empresas; múltiples restaurantes con garage propio; gimnasios y piletas de natación en los subsuelos; pubs donde la gente joven tira plata; un club náutico para guardar la lanchita de cada uno; un hotel para turistas; una facultad católica para “los nenes de papá”; y por supuesto, un cine y un local de hamburguesas, ambos con estilo yanqui. Un barrio como el suyo o el mío, ¿no? Y este barrio propone extenderse. Hacia la costanera sur hay muchas más construcciones edilicias. Por un lado es bueno, generan empleo en una industria estancada como la de la construcción, pero por otro, ¿es tan numerosa la clase dominante como para ocupar todas las viviendas de esta área? Todo lo que he descripto hasta aquí no es más que un decorado de un gran teatro, el teatro de los ricos.

Los ricos no son los únicos actores en este escenario, obviamente son los protagonistas, pero también hay actores secundarios. Pasaré, a continuación, a detallar cada uno de ellos, y dejaré a los “más importantes” para el final –como debe ser- de este humilde artículo.

Decidí clasificarlos en ocho rubros. Turistas: prevalecen en las vacaciones y en los fines de semana. Tienen el papel principal después de los ricos, y son los que más se parecen a ellos. Pueden disfrutar de casi todos los decorados. Vienen de diversos países, aunque nunca sabré si vienen porque nuestro país es muy lindo o porque es más lindo el tipo de cambio que rige actualmente. Ejecutivos: son los que trabajan en las empresas ubicadas en la zona. Por supuesto no son todos ejecutivos, hay también empleados administrativos, secretarios, pero todos llevan una vida muy parecida. Trabajan ocho horas, almuerzan todos juntos en los restaurantes (aunque piden el menú más barato), y visten muy bien. Universitarios: “los nenes de papá” llegan a la UCA con sus modernos autos –no soy muy caros pero casi todos tienen uno- y realizan sus reuniones de trabajos prácticos en los pubs cercanos. Por suerte, no todos tienen el alma codiciosa como los ricos, hay algunos que saben que en ese lugar pueden aumentar sus conocimientos, y no su frivolidad con respecto al mundo. Trabajadores: son los que están a cargo de los restaurantes, pubs y drugstores; también se encuentran en este rubro los mozos que reciben propinas. Puede ser que ganen un poco más de dinero que en otra parte de la ciudad. FF.AA.: marineros, cabos y suboficiales de la Prefectura Naval, que pasan todo el día cuidando a los demás actores. Son los que más conocen esta obra teatral, ya que observan todo y a todo momento. Adolescentes: grupos de amigos que disfrutan del paisaje, toman sol, sacan fotos, y tratan de gastar lo menos posible en este teatro tan caro. Cartoneros: son los que vemos día tras día en las calles, pero aquí parecen una mancha ensuciando un cuadro. ¿Será que mi vista se volvió soberbia, después de ver tanto lujo y poder, que recién me expresé así? La verdad no sé. Lo que sé es que los cartoneros sólo intentan trabajar como en cualquier otro lugar. Y por último los mendigos: cuando los vi me puse mal enseguida, por el simple hecho de que son todos niños. Están los que piden monedas y los que cargan con su acordeón para tocar alguna melodía a cambio de un billete, un billete en el mundo de los ricos.

¿Cuál podría ser la conclusión? ¿Que los ricos son tan frívolos que cuando una nena les pide una moneda le contestan “no me toques”? ¿Que ellos son malos y nosotros buenos? ¿Que este mundo sólo les pertenece a ellos, y los demás sólo podemos mirar y decir “qué lindo, qué bueno que remodelaron el puerto”? No sé, tampoco quiero extenderme mucho, por eso, los invito no a mirar la obra de teatro sino a observarla, no a oír a los actores sino a escucharlos, no a oler los aromas del teatro sino a respirarlos, para que puedan conocer ya no este puerto, paraíso, teatro, barrio, ni ciudad, sino este mundo, el mundo de los ricos.

Puto el que lee esto

Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.
Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “Puto el que lee esto”, y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…” Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.
Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.
No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf… el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar. “Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos.” Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.
El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. “Puto el que lee esto.” Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.
“Es un golpe bajo”, dirá algún crítico amanerado, de esos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos en Le Monde Diplomatique. ¡Sí, señor -les contesto-, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas. Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir: “Me voy con rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribía, no los molesto más con mi producción”, no. Ahí están los libros de Molière, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos.
Sabios eran los faraones que se enterraban con todo lo que tenían: sus perros, sus esposas, sus caballos, sus joyas, sus armas, sus pergaminos llenos de dibujos pelotudos, todo. Igual ejemplo deberían seguir los escritores cuando emprenden el camino hacia las dos dimensiones, a mirar los rabanitos desde abajo, otra buena frase por cierto. “Me voy, me muero, cagué la fruta -podría ser el postrer anhelo-. Que entierren conmigo mis escritos, mis apuntes, mis poemas, que total yo no estaré allí cuando alguien los recite en voz alta al final de una cena en los boliches.” Que los quemen, qué tanto. Es lo que voy a hacer yo, téngalo por seguro, señor lector. Millones de libros, entonces, de escritores importantes y sesudos, de mediocres, tontos y banales, de señoras al pedo que decidían escribir sus consejos para cocinar, para hacer punto cruz, para enseñar cómo forrar una lata de bizcochos. Pelotudos mayores que dedicaron toda su vida, toda, al estudio exhaustivo de la vida de los caracoles, de los mamboretás, de los canguros, de los caballos enanos. Pensadores que creyeron que no podían abandonar este mundo sin dejar a las generaciones futuras su mensaje de luz y de esclarecimiento. Mecánicos dentales que supusieron urgente plasmar en un libro el porqué de la vital adhesividad de la pasta para las encías, señoras evolucionadas que pensaron que los niños no podrían llegar a desarrollarse sin leer cómo el gnomo Prilimplín vive en una estrella que cuelga de un sicomoro, historiadores que entienden imprescindible comunicar al mundo que el duque de La Rochefoucauld se hacía lavativas estomacales con agua alcanforada tres veces por día para aflojar el vientre, biólogos que se adentran tenazmente en la insondable vida del gusano de seda peruano, que cuando te descuidás te la agarra con la mano.
Allí, a ese mar de palabras, adjetivos, verbos y ditirambos, señores, hay que lanzar el nuevo libro, el nuevo relato, la nueva novela que hemos escrito desde los redaños mismos de nuestros riñones. Allí, a ese interminable mar de volúmenes flacos y gordos, altos y bajos, duros y blandos, hay que arrojar el propio, esperando que sobreviva. Un naufragio de millones y millones de víctimas, manoteando desesperadamente en el oleaje, tratando de atraer la atención del lector desaprensivo, bobo, tarado, que gira en torno a una mesa de saldos o novedades con paso tardío, distraído, pasando apenas la yema de sus dedos innobles sobre la cubierta de los libros, cautivado aquí y allá por una tapa más luminosa, un título más acertado, una faja más prometedora. Finge. El lector finge. Finge erudición y, quizás, interés. Está atento, si es hombre, a la minita que en la mesa vecina hojea frívolamente el último best-seller, a la señora todavía pulposa que parece abismarse en una novedad de autoayuda. Si es mujer, a la faja con el comentario elogioso del gurú de turno. Si es niño, a la musiquita maricona que despide el libro apenas lo abre con sus deditos de enano.
Y el libro está solo, feroz y despiadadamente solo entre los tres millones de libros que compiten con él para venderse. Sabe, con la sabiduría que le da la palabra escrita, que su tiempo es muy corto. Una semana, tal vez. Dos, con suerte. Después, si su reclamo no fue atractivo, si su oferta no resultó seductora, saldrá de la mesa exclusiva de las novedades VIP diríamos, para aterrizar en algún exhibidor alternativo, luego en algún estante olvidado, después en una mesa de saldos y por último, en el húmedo y oscuro depósito de la librería, nicho final para el intento fracasado. Ya vienen otros -le advierten-, vendete bien que ya vienen otros a reemplazarte, a sacarte del lugar, a empujarte hacia el filo de la mesa para que te caigas y te hagas mierda contra el piso alfombrado.
No desaparecerá tu libro, sin embargo, no, tenelo por seguro. Sea como fuere, es un símbolo de la cultura, un icono de la erudición, vale por mil alpargatas, tiene mayor peso específico que una empanada, una corbata o una licuadora. Irá, eso sí, con otros millones, al depósito oscuro y maloliente de la librería. No te extrañe incluso que vuelva un día, como el hijo pródigo, a la misma editorial donde lo hicieron. Y quede allí, al igual que esos residuos radioactivos que deben pasar una eternidad bajo tierra, encerrados en cilindros de baquelita, teflón y plastilina para que no contaminen el ambiente, hasta que puedan convertirse en abono para las macetas de las casas solariegas.
De última, reaparecerá de nuevo, Lázaro impreso, en la mano de algún boliviano indocumentado, junto a otros dos libros y una birome, como oferta por única vez y en carácter de exclusividad, a bordo de un ómnibus de línea o un tren suburbano, todo por el irrisorio precio de un peso. Entonces, caballeros, no esperen de mí una lucha limpia. No la esperen. Les voy a pegar abajo, mis amigos, debajo del cinturón, justo a los huevos, les voy a meter los dedos en los ojos y les voy a rozar con mi cabeza la herida abierta de la ceja.
“Puto el que lee esto.”
John Irving es una mentira, pero al menos no juega a ser repugnante como Bukowski ni atildadamente pederasta como James Baldwin. Y dice algo interesante uno de sus personajes por ahí, creo que en El mundo según Garp: “Por una sola cosa un lector continúa leyendo. Porque quiere saber cómo termina la historia”. Buena, John, me gusta eso. Te están contando algo, querido lector, de eso se trata. Tu amigo Chiquito te está contando, por ejemplo en el club, cómo al imbécil de Ernesto le rompieron el culo a patadas cuando se puso pesado con la mujer de Rodríguez. Vos te tenés que ir, porque tenés que trabajar, porque dejaste la comida en el horno, o el auto mal estacionado, o porque tu propia mujer te va a armar un quilombo de órdago si de nuevo llegás tarde como la vez pasada. Pero te quedás, carajo. Te quedás porque si hay algo que tiene de bueno el sorete de Chiquito es que cuenta bien, cuenta como los dioses y ahora te está explicando cómo el boludo de Ernesto le rozaba las tetas a la mujer de Rodríguez cada vez que se inclinaba a servirle vino y él pensaba que Rodríguez no lo veía. No te podés ir a tu casa antes de que Chiquito termine con su relato, entendelo. Mirás el reloj como buen dominado que sos, le pedís a Chiquito que la haga corta, calculás que ya te habrá llevado el auto la grúa, que ya se te habrá carbonizado la comida en el horno, pero te quedás ahí porque querés eso que el maricón de John Irving decía con tanta gracia: querés saber cómo termina la historia, querido, eso querés.
Entonces yo, que soy un literato, que he leído a más de un clásico, que he publicado más de tres libros, que escribo desde el fondo mismo de las pelotas, que me desgarro en cada narración, que estudio concienzudamente cómo se describe y cómo se lee, que me he quemado las pestañas releyendo a Ezra Pound, que puedo puntuar de memoria y con los ojos cerrados y en la oscuridad más pura un texto de setenta y ocho mil caracteres, que puedo dictaminar sin vacilación alguna cuándo me enfrento con un sujeto o con un predicado, yo, señores, premio Cinta de Plata 1989 al relato costumbrista, pese a todo, debo compartir cartel francés con cualquier boludo. Mi libro tendrá, como cualquier hijo de vecino, que zambullirse en las mesas de novedades junto a otros millones y millones de pares, junto al tratado ilustrado de cómo cultivar la calabaza y al horóscopo coreano de Sabrina Pérez, junto a las cien advertencias gastronómicas indispensables de Titina della Poronga y las memorias del actor iletrado que no puede hacer la O ni con el culo de un vaso, pero que se las contó a un periodista que le hace las veces de ghost writer. Y no estaré allí yo para ayudarlo, para decirle al lector pelotudo que recorre con su vista las cubiertas con un gesto de desdén obtuso en su carita: “Éste es el libro. Éste es el libro que debe comprar usted para que cambie su vida, caballero, para que se le abra el intelecto como una sandía, para que se ilustre, para que mejore su aliento de origen bucal, estimule su apetito sexual y se encame esta misma noche con esa potra soñada que nunca le ha dado bola”.
Y allí estará la frase, la que vale, la que pega. El derechazo letal del Negro Monzón en el entrecejo mismo del tano petulante, el trompadón insigne que sacude la cabeza hacia atrás y hacia adelante como perrito de taxi y un montón de gotitas de sudor, de agua y desinfectante que se desprenden del bocho de ese gringo que se cae como si lo hubiese reventado un rayo. “Puto el que lee esto.” Aunque después el relato sea un cuentito de burros maricones como el de Platero y yo, con el Angelus que impregna todo de un color malva plañidero. Aunque la novela después sea la historia de un seminarista que vuelve del convento. Aunque el volumen sea después un recetario de cocina que incluya alimentos macrobióticos.
No esperen, de mí, ética alguna. Sólo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar. Porque digo que es puto el que lee esto y lo sostengo. Y paso a contarles por qué lo afirmo, por qué tengo autoridad para decirlo y por qué conozco tanto sobre su intimidad, amigo lector, mucho más de lo que usted nunca hubiese temido imaginar. Sí, a usted le digo. Al que sostiene este libro ahora y aquí, el que está temiendo, en suma, aparecer en el renglón siguiente con nombre y apellido. Nombre y apellido. Con todas las letras y hasta con el apodo. A usted le digo.

Por Roberto Fontanarrosa

De pie y cantando

Hacíamos el amor compulsivamente.

Lo hacíamos deliberadamente.

Lo hacíamos espontáneamente.

Pero sobre todo, hacíamos el amor diariamente.

O en otras palabras, los lunes, los martes y los miércoles hacíamos el amor

invariablemente.

Los jueves, los viernes y los sábados, hacíamos el amor igualmente.

Por último los domingos hacíamos el amor religiosamente.

O bien hacíamos el amor por compatibilidad de caracteres, por favor, por

supuesto, por teléfono, de primera intención y en última instancia, por no

dejar y por si acaso, como primera medida y como último recurso.

Hicimos también el amor por ósmosis y por simbiosis: a eso le llamábamos

hacer el amor científicamente.

Pero también hicimos el amor yo a ella y ella a mi: es decir,

recíprocamente.

Y cuando ella se quedaba a la mitad de un orgasmo y yo, con el miembro

convertido en un músculo fláccido no podía  llenarla, entonces hacíamos el

amor lastimosamente.

Lo cual no tiene nada que ver con las veces en que yo me imaginaba que no

iba a poder, y no podía, y ella pensaba que no  iba a sentir, y no sentía, o

bien estábamos tan cansados y tan preocupados que ninguno de los dos

alcanzaba el orgasmo. Decíamos, entonces, que habíamos hecho el amor

aproximadamente.

O bien a Estefanía le daba por recordar las ardillas que el tío Esteban le

trajo de Wisconsin y que daban vueltas como locas en sus jaulas olorosas a

creolina, y yo por mi parte recordaba la sala de la casa de los abuelos, con

sus sillas vienesas y sus macetas de rosas-té esperando la eclosión de las

cuatro de la tarde, y así era como hacíamos el amor nostálgicamente,

viniéndonos mientras nos íbamos tras viejos recuerdos.

También lo hicimos de pie y cantando, de rodillas y rezando, acostados y

soñando.

Y sobre todo, y por la simple razón de que yo lo quería así y ella también,

hacíamos el amor voluntariamente.

Muchas veces hicimos el amor contra natura, a favor de natura, ignorando a

natura.

O de noche con la luz encendida, mientras los zancudos ejecutaban una danza

cenital alrededor del foco. O de día con los ojos cerrados. O con el cuerpo

limpio y la conciencia sucia. O viceversa. Contentos, felices, dolientes,

amargados. Con remordimientos y sin sentido. Con sueño y con frío.

Y cuando estábamos conscientes de lo absurdo de la vida, y de que un día nos

olvidaríamos el uno del otro, entonces hacíamos el amor inútilmente.

Para envidia de nuestros amigos y enemigos, hacíamos el amor ilimitadamente,

magistralmente, legendariamente.

Para honra de nuestros padres, hacíamos el amor moralmente.

Para escándalo de la sociedad, hacíamos el amor ilegalmente.

Para alegría de los psiquiatras, hacíamos el amor sintomáticamente.

Y, sobre todo, hacíamos el amor físicamente.

 

Fragmento de la novela Palinuro de México.

Fernando del Paso

La noche incluye a los excluidos

“… la noche la hizo Dios para dormir…” cantaban unos niños en un spot televisivo que anunciaba el fin del horario de protección al menor. Y es verdad, no importa la cantidad de horas que se pueda dormir de día, el descanso no es el mismo.

Cuando el trabajo que realiza un individuo requiere de la fuerza de su cuerpo el descanso del otro día se complica aún más. Y además si la labor que realiza ese individuo es cuestionada por la sociedad sin duda que es ingrato. Es así como la noche porteña es escenario de unos actores que sin importar el frío o la lluvia reciclan aquello que nosotros descartamos.

Los recicladores urbanos, mal llamados cartoneros, ya que no sólo reciclan cartones comienzan a trabajar alrededor de las 18 horas en los barrios de mayor poder adquisitivo porque es donde pueden obtener mayores cantidades de alimentos no consumidos totalmente o algún objeto para ellos de valor.

Cuando el “tren blanco” funcionaba a disposición de los recicladores muchos de ellos llegaban a las 21 a la estación Colegiales del ex Ferrocarril San Martín para abordar los vagones o las 23 para tomar la última formación. Depende del horario elegido muchos llegaban a las 23 o 1 de la mañana a la José León Suárez, pero ahí no terminaba el trabajo. Luego debían revender sus “tesoros” descubiertos en bolsas de consorcios, lo que hacía que su jornada terminara alrededor de las 5 de la mañana. “Nosotros vivimos de noche, somos murciélagos, pero ya te acostumbras (…) y por más que duermas de día no es lo mismo, porque a parte no podes dormir mucho porque tenés que llevar a los pibes al colegio para que ahí puedan tomar aunque sea un vaso de leche, y el dormir poco después te jode para laburar a la noche pero no queda otra”, son las palabras de Jorge, un reciclador de 21 años que esperaba tomando un vino tetra-break la salida del tren.

Hoy sin el “tren blanco” estos trabajadores tardan más en llegar al punto de reciclaje y por lo tanto llegan más tarde a sus humildes casas, lo que genera que descansen mucho menos.

El trabajar de noche por la calle es como cargar una cruz en el desierto. Y se utiliza la imagen de la cruz como el destino que al trabajador se le ha impuesto, y el desierto es ese barrio de clase media alta que está lleno de miradas que lo discrimina por su accionar.

En su quehacer diario un reciclador urbano camina alrededor de 50 cuadras. Lo debe hacer rápido para no atrasarse y para que otro compañero no le gane el “premio” tan deseado. Muchas veces discuten con encargados de edificios que se molestan porque rompen sus bolsas de consorcio y muchas otras veces se pelean con sus pseudos enemigos: los recolectores de residuos. Ellos al igual que los recicladotes trabajan de la basura, pero la diferencia radica en que cobran un importante sueldo que recompensa las desgracias de dormir de día.

Pero no sólo es un lugar común hablar de las desgracias que trae no dormir de noche. “Se agudiza la diabetes y la hipertensión arterial, hay serios problemas en el desempeño diario y la persona se vuelve lenta”, relata un artículo en la página de internet del siglo de torreón.

Si todo lo expuesto no conmueve al corazón más duro vale aclarar que muchos de estos trabajadores llevan a reciclar a sus hijos, para contar con más manos para obtener cosas y además porque no tienen dónde dejarlos en su ausencia.

La noche porteña no es la actriz glamorosa de los años ´50, hoy alberga a muchos excluidos del sistema.