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El Exilio_Segunda Parte

Un poco más serena, se levantó y se dirigió a la ventana. Le preguntó si por lo menos le importaba la vida de ella. A lo que él respondió que su sufrimiento sería un modo de hacer bien mientras pudiera. Ana, de un modo enérgico, le preguntó por qué mientras pudiera. Pozzi esquivando la mirada le aseguró que no quería hacerle mal y que era mejor que supiera la verdad. Agarró la mano de Anita y le dijo que la posibilidad de salvarse de la enfermedad era mínima, que desde que supo la noticia tenía una gran tristeza.

  Anita volvió a la cama para sentarse. De sus ojos caía un mar de lágrimas. La luna, que espiaba por la ventana, supo que Ana no lloraba por haber escuchado una verdad de su enfermedad que ya conocía, sino por el dolor que le causaba la partida de Pozzi. Ella preguntó cuándo se iría, y él, acercándose a su lecho, le contestó que al día siguiente. Ella le pidió por favor que no se fuera, y él le contestó que el motivo era urgente. Anita le preguntó, de un modo violento, si iba a poder sacar a la gente de la cárcel. Pozzi le respondió que a algunos lograrían sacar del infierno. Ana se dirigió rápidamente a la ventana, observó cómo la luna era tapada por una nube, y gritó: “No te quiero ver más en mi vida”. Pozzi corrió a su lado, la abrazó y le dijo que la quería, que al día siguiente la llamaba antes de irse. Ana clavó sus ojos en los de Pozzi. Le dijo que no, que no que quería saber nunca más de él. Pozzi le dio un beso en la mano, se dirigió a la puerta, y la saludó hasta el próximo día. Nunca más se vieron. Del cuerpo de Anita su alma se exilió, y una fuerte lluvia cayó en la noche mejicana.

 

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El Exilio_Primera Parte

  Transcurría el año 1979. Ya hacía más de dos años que permanecían exiliados en Méjico. Una nube se corrió para permitir que la luna brillara. Pozzi entró a la habitación del hospital donde estaba internada Anita.

  Ante la sorpresiva llegada de Pozzi, Ana le dijo que la había asustado. Por lo que él le preguntó si estaba tan cambiado. Ella le dijo que era otra persona y que no le gustaba cómo le quedaba la cara sin bigote y con el pelo corto. Pozzi cortó el tema al decirle que se iba a Buenos Aires, que primero volaba a Chile y de allí entraba a Mendoza, por tren. La cara de Ana se puso más blanca que de lo costumbre. Al principio no le creyó, luego lo asumió y le preguntó si el cambio de imagen se debía a que no quería que lo reconocieran. Pozzi le contestó que le estaban haciendo papeles nuevos y que se llamaría Ramírez.

  Acercándose a la cama, Pozzi le preguntó a Anita cómo se sentía, debido a su enfermedad. Ella le dijo que sentía dolores y que quería saber cómo la veía él. Él le comentó que la veía un poco ojerosa. Ana retomó el asunto del viaje a Buenos Aires y le indicó que era una locura que se fuera, que iba a estar corriendo peligro. Pozzi le aseguró que allí tenían gente que lo ayudaría a esconderse si fuera necesario. Mirándolo fijamente a los ojos Anita le confesó que admiraba el valor que tenía, pero que tanto la vida de ella como la de él eran importantes. Hubo un silencio tajante. Pozzi se dirigió a la ventana del cuarto y se vio reflejado en el vidrio. Después de meditar le dijo que su vida era menos importante que la de los dos hombres que querían sacar de Argentina. Fue cuando Anita con lágrimas en los ojos le gritó: “Basta con tu sacrificio…¡Ya es manía!”.