Archivos Mensuales: octubre 2008

La Lealtad de las masas a su líder

La pronosticada jornada calurosa no fue impedimento para que miles de fieles al coronel Juan Domingo Perón se acercasen el 17 de octubre de 1945, fecha en que el Peronismo nace como movimiento, a la Plaza de Mayo para exigir la liberación del por entonces ex Vicepresidente de la Nación.

Si bien el argumento militar radicó en que Perón había traicionado la revolución del 4 de junio de 1943 por sus actitudes demagógicas, el fuerte carisma del coronel, que había empezado a crecer masivamente desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, por sus medidas obreristas, y la acumulación de cargos colmó la paciencia de los jefes de las Fuerzas Armadas. Es así como el 8 de octubre de 1945 el general Eduardo Avalos pidió su destitución al presidente Edelmiro Farell. Sin embargo su liderazgo no recaía en un simple puesto político, ya que en el discurso de despedida demostró, una vez más, sus dotes de orador y de manejo de las masas.

El 13 de octubre el líder de masas fue arrestado en su casa de la calle Posadas, conducido a la cañonera Independencia y trasladado a la isla Martín García.

El Día de la Lealtad, así llamado el 17 de octubre, fue un proceso que comenzó con manifestaciones en todo el país: huelga en Tucumán, manifestaciones en Berisso y reclamos con suspensión de trabajos en Ensenada. La CGT propuso una huelga general para el 18 de ese mes, pero las masas no podían esperar más y requerían la liberación de su líder. Mientras tanto las Fuerzas Armadas permitieron el retornó del líder de masas por problemas de salud. La organización de ese día fue adjudicada a varias personas como Eva Duarte, futura esposa de Perón; el coronel Mercante, colega y amigo; y Cipriano Reyes, sindicalista de la carne que luego permanecería preso casi todo el gobierno de Perón.

Desde las primeras horas de la mañana numerosas columnas de manifestantes arribaron a la Plaza de Mayo. Venían desde Avellaneda, Lanús, San Martín, etc. Cruzaron el Riachuelo por el puente Pueyrredón y, cuando la policía lo levantó, siguieron cruzando en botes o tablas. La cantidad de manifestantes fue creciendo preocupantemente. Al mediodía se informó que en el Centro porteño se habían formado tres columnas de diez cuadras de extensión, que marchaban hacia la plaza a pesar del agobiante calor. Por suerte Avalos decidió no reprimir las manifestaciones, y la multitud siguió avanzando. Muchos tomaron los colectivos y tranvías, obligando a los choferes a dirigirse al Centro. La anécdota de ese día quedó reflejada en numerosas fotografías: los que llegaban cansados remojaban sus pies en las fuentes de agua de la plaza.

Leopoldo Marechal en testimonios posteriores confesará que ese día, al ver el rostro feliz de esa gente, se hizo peronista. Según Raúl Scalabrini Ortiz, “hermanados en el mismo grito y en la misma fe iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor, y el empleado de comercio”.

Todo el movimiento fue seguido por el coronel Perón, en pijama, desde el Hospital Militar. Hasta que por fin se anunció a las 21 que el coronel hablaría desde el balcón de la Casa Rosada. Dos horas más tarde se pronunció: “Guardo ahora mi honroso uniforme, que me entregó la Patria, para vestir la casaca civil, para reintegrarme con esa masa sudorosa y sufriente que elabora la grandeza de la Patria…”.

El Peronismo había nacido; y la movilización tuvo dos efectos inmediatos: por un lado forzó a Perón a retornar a la lucha política y por el otro incidió en los jefes militares a tolerar su marcha hacia la Presidencia.

El sacrificio de llegar a la plaza, en una jornada de sol radiante, demuestra la espontaneidad de los obreros, los marginados, que avanzaron en busca del líder de masas que les garantizaría conservar las mejoras sociales obtenidas en los últimos meses.

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El Palito Ortega Montonero

Volvió Capusotto. Y con él, el que probablemente sea su personaje más entrañable: Bombita Rodríguez. Bombita Rodríguez, el Palito Ortega montonero, hace reír, y mucho, en cada una de sus presentaciones. ¿Por qué nos hace reír Bombita? Es una pregunta que comencé a hacerme desde que lo vi por primera vez, cantando “Burgueses, atrás, atrás” y “Armas para el pueblo, armas para el pueblo ya”. ¿Por qué Bombita hace reír? Bombita habla de la clase obrera, habla de la liberación nacional, habla de los explotadores y los explotados, habla de los burgueses y los proletarios, habla de la cultura popular, de la educación de las masas, del socialismo. Evidentemente esto nos hace reír. ¿Por qué? ¿Por qué en la década del ’70 estas cosas no hacían reír? No sólo no hacían reír. Hubo gente que tomó tan en serio todo esto, que llegó a vivir sólo para estas ideas, llegó a soportar torturas, llegó hasta a dar la vida (su propia vida… la única que tenían) ¿Cómo pasó? ¿Por qué en la década del ’70 se decía clase obrera, proletarios y burgueses, explotadores y explotados, liberación nacional, socialismo, y nadie se reía?

¿Puede ser que la respuesta esté en los significados? ¿Qué significa hoy para nosotros la clase obrera, el socialismo, los explotadores? Para ellos significaba algo manifiesto: era época de certezas, de buenos y malos, de relaciones sociales evidentes y cristalinas. De un lado de la sociedad, los explotadores; del otro, los explotados. De un lado de la sociedad el mal burgués; del otro, el pobre proletario. De un lado del mundo el imperio; del otro, el país subordinado. La verdad se imponía. Eran los tiempos de la explotación del hombre por el hombre. Eran los tiempos en que la posibilidad de transformar la sociedad estaba al alcance de la mano. Sólo había que reunirse y hacerlo ¿Cuándo se perdió la certeza? ¿Quién terminó con las certidumbres? Contestar “el posmodernismo” es patear la pelota afuera. El posmodernismo no es un hecho social que se impone. El posmodernismo somos nosotros mismos cuando pensamos que las certidumbres han sido socavadas, cuando creemos que las relaciones sociales se han vuelto opacas, cuando consideramos que la sociedad es incomprensible (e intransformable). El posmodernismo es un espíritu de época, una aciaga derrota, una resignación cobarde. No una verdad que se impone. La verdad está ahí afuera. Y sigue siendo evidente. Explotadores y explotados, proletarios, imperio, educación, socialismo. ¿Meras fórmulas vacías? Transformación de la sociedad. ¿Ridiculez anacrónica? La diferencia entre los ’70 y el presente no está en lo que las palabras significan. La diferencia está en nuestra relación con los significados. Las palabras ya no denotan, para nosotros, una verdad objetiva. ¿Es mala la duda? Por supuesto que no. Lo malo es dudar de todo. Esta es una época en que nadie puede tener verdades. Ni siquiera las obvias. Nuestra época fomenta la ambigüedad, el equívoco, las complejidades y matices. La verdad no se dice. Esto puede verse en los medios. Hoy, la única manera de transmitir ideología (o mejor diría, ideales) es ocultándola. Cualquiera que grite a los cuatro vientos lo que piensa sólo provocará sonrisas. CNN o Canal 11 son buenos, serios, mesurados: su ideología está oculta. La radio de las Madres de Plaza de Mayo o Telesur son malos, ridículos, exagerados: su ideología se grita. Estos últimos no saben que las verdades ahora son muchas, y cada cual elige la que quiere. No saben que hoy cualquier verdad es buena.

¿Pero por qué Bombita hace reír? Una vez dijo Alejandro Dolina que el humor era poner una cosa en un lugar que no le corresponde. Esta definición hace que todo anacronismo sea potencialmente gracioso. Bombita es certero: sabe que hay explotadores y explotados, sabe que si se quiere luchar por el socialismo hay que decirlo, sabe que para transformar una sociedad es necesaria la educación popular, sabe que existe una lucha por la liberación de los oprimidos. Bombita lo dice, sin medias tintas, como quien dice una verdad evidente. Como quien dice “salió el sol”, Bombita dice “la clase obrera tiene que luchar por el socialismo”. En su contexto, los ’70, Bombita se convierte en un personaje famoso, querido, estimado. En nuestra época, plagada de cinismo e hipocresía, en nuestra época de verdades a medias, de ambigüedades, de dudas, la verborragia certera y contundente de Bombita mueve a risa. Es anacrónica. Fuera de época. Para Bombita las relaciones sociales son evidentes. Nosotros preferimos ignorarlas. Canciones con ideología, verdades irrefutables… Esperanza. Bombita nos hace reír. Y mucho. Lamentablemente.

 

Diario de viaje

Faltando veinte minutos para la una de la mañana llegué a la esquina de Medrano y Corrientes para encontrarme con mi amiga Daniela. Ya era sábado, atrás había quedado el trabajo sobre Bolivia que tuve que presentar en TEA, y nos dispusimos a viajar hasta San Nicolás de los Arroyos de la manera más “rata” posible.

Llegamos caminando hasta Corrientes y Callao, con nuestras mochilas, la carpa y las bolsas de dormir. Allí esperamos el arribo del colectivo 60, que nos llevaría hasta Escobar para “hacer dedo” en la ruta.

La primera señal de que María y Dios nos estaban acompañando nos la dio el chofer de esa línea, cuando sin pedírselo nos quiso cobrar el boleto mínimo, para que nuestros costos sean aún más bajos.

Alrededor de las cuatro llegamos a la ciudad de la flor. El chofer del 60 nos acercó a una estación de servicio que estaba alejada de la Panamericana. En ese lugar conocimos a don José, un repartidor de verduras que al mando de su camioneta Ford nos llevó hasta una YPF sobre la autopista para encontrar algún camionero que nos alcance hasta San Nicolás.

Más de dos horas sin hallar a algún voluntario que nos quisiera llevar. Hasta que caminando por la playa de estacionamiento de camiones encontramos la salvación. Era un camión Volvo, con las luces encendidas, dispuesto a partir. Me acerqué, y le pregunté a un hombre alto, morocho, si podía llevarme a mí y a mi amiga hasta San Nicolás o algún pueblo cercano. Dudó un poco porque desconocía esa localidad. Yo le aseguré que estaba camino a Rosario, y entonces aceptó. El se dirigía hasta Bolivia, por lo tanto debía tomar ese camino, la ruta 34.

Orlando se llamaba nuestro amigo boliviano. A penas subimos a su camión le pregunté de qué parte era, y me contestó que vivía en Tarija. “Opositor” le subrayé y se sonrió. Charlamos sobre la situación de su país y el nuestro. Tomamos mate y mascamos coca. Hablamos sobre nuestras vidas, disfrutamos del viaje de la mano de otro enviado de Dios. Pero todo tiene su fin. Dos horas más tarde nos bajamos en la entrada de nuestro destino.

Era una mañana radiante, el clima estaba perfecto. Siendo las nueve y media tomamos un micro urbano que nos llevó hasta la Basílica de Nuestra Señora del Rosario. Saludamos a nuestra Madre y partimos en busca del Camping Municipal que Daniela había conocido por Internet. Luego de armar la carpa y descansar un poco decidimos ir a comprar algo para almorzar. Lo que vino después fue una hermosa siesta reparadora de semejante aventura.

Alrededor de las cinco de la tarde fuimos caminar y a participar de la misa. Fue algo muy fuerte para mí. Por fin estaba en ese lugar que tanto había querido. Recé por mis queridos y agradecí haber cumplido con una idea vaga que tenía en mi mente. Después de todo esto seguimos caminando, hasta que encontramos una pizzería para cenar.

Las intenciones que en la misa se hicieron tuvieron una rápida respuesta. La tan ansiada lluvia para los campos se hizo presente, pero nuestra carpa no era inmune al agua. Cerca de la una de la mañana debimos mudarnos del terreno donde estábamos para evitar futuras filtraciones. Es así como llegamos a un terreno más llano, pero más expuesto a los fuertes vientos. Después de algunas discusiones con Dani sobre cómo colocar la carpa me dormí.

La mañana del domingo se presentó nublada y fría. Desayunamos en los quinchos del complejo y más tarde fuimos hasta el centro de la ciudad. Caminamos por la costa del Río Paraná. Sacamos muchas fotos, nos impresionamos con la maravillosa naturaleza, y regresamos alrededor de la cinco para almorzar un rico bizcochuelo con mate.

Una hora más tarde mi amiga decidió ir nuevamente a misa, por lo cual yo pensé: “buenísimo, se va y yo me pego una rica siesta”. Sin embargo las ráfagas de viento cada vez eran más fuertes. La radio informaba que se aproximaba una tormenta y que la velocidad del viento era de veinticinco kilómetros. Los laterales de la carpa comenzaron a moverse violentamente. La lluvia comenzó a filtrarse. Mi tranquilidad había terminado. Empecé a colocar las cosas que había adentro cerca del centro. En ese espacio reducido enrollé las dos bolsas de dormir, y con papel higiénico iba secando las gotas que entraban. La carpa amenazaba con volarse, el ruido del viento haría temblar hasta a los hombres más valientes, pero igual salí a reforzar el nudo que ataba la carpa al árbol.

Siendo las ocho y media volvió Dani, terminamos de guardar las cosas y nos resguardamos en la casa de los empleados del complejo. Dos horas después partimos hacia la terminal de micros, sin saber bien cómo ir. Tomamos el colectivo 501 y un muchacho nos indicó qué calles seguir.

Es así como pasamos tres horas en la terminal esperando que el Chevallier nos traiga devuelta a casa. Una lluvia incesante nos acompañó toda la noche por la ruta 34 hasta que llegamos a Retiro a las siete de la mañana. La ciudad de Buenos Aires estaba gris, comenzaba otra semana, y la tranquilidad de San Nicolás se relegó ante la aceleración de mi gente porteña.